Brasil es la mayor incógnita entre las potencias futbolísticas de cara al Mundial porque nadie sabe con certeza dónde está su piso ni dónde está su techo. La selección enfrenta una crisis en la producción de jugadores de primer nivel que la hace palidecer frente a otras generaciones de su historia. A ello se suma una particularidad inédita: está dirigida por un extranjero -Carlo Ancelotti-. Es en esa coyuntura donde pondremos en tensión los argumentos del reconocido forista de X, @Jozsef_Bozsik, con la realidad material que vemos del Scratch para preguntarnos si, como él afirma, Brasil será hexacampeón en 2026. Lo que Bozsik encuentra es una narrativa de novela capaz de orquestar la gloria, un sacrificio del viejo héroe a partir de Neymar para parir el elemento revolucionario en Endrick, yo por otro lado descreo totalmente del alatriste brasileño que futbolísticamente solo pudo darle a su país la Copa Confederaciones 2013. El link al hilo original del “húngaro”, como le dicen otros usuarios cariñosamente, lo podrán encontrar al final del artículo.
El primer argumento de Bozsik es totalmente certero: los jugadores se potencian en sus clubes porque entrenan un sistema y repiten mecanismos casi de manera alienada, por lo tanto en el fútbol de selecciones ante la ausencia de la regularidad prima el talento individual y la personalidad, el tan mentado factor X. Argentina sabe de sobra de ello, siendo su máximo exponente quizás Rodrigo de Paul. Sin embargo, mirando a Brasil no se percibe a simple vista el factor X, Vinicius lo tiene como antihéroe (aunque está en deuda con Brasil), pero otros jugadores como Raphinha, Paquetá o Mateus Cunha se pierden en el sistema. El caso de Neymar amerita un párrafo aparte porque es quien mejor se engloba en la narrativa de grandes personajes que propone el Húngaro.
Para Bozsik el Mundial es de los talentos disruptivos que quiebran todas las expectativas, el que premia a grandes genios y a grandes generaciones. Neymar quizás en algún momento pudo ser englobado entre ellos pero hoy me genera muchas dudas esa categoría porque es un apellido que palidece en comparación a los artistas de otras generaciones de Brasil: para mí entre Neymar y Romario, Rivaldo o Bebeto hay un abismo de distancia. Aquí es donde el Húngaro pivota sobre su otro argumento central que es el fútbol como una resiliencia que se forma a partir de encuentros socio-afectivos, dentro y fuera de la cancha. Es sobre esta idea en la que Neymar trasciende su “atada-con-alambre” presencia actual en la cancha y se vuelve un símbolo de la cultura brasileña.
En el acto de Ancelotti de una convocatoria dónde vuelve el jugador del Santos nuestro analista ve la consolidación del camino del héroe que vencido y golpeado se levanta una vez más y levanta a un pueblo con él. Un Neymar humillado que se levanta para la redención, como Bozsik dice, es la sensación que más me inquieta en el imaginario porque no veo como sería posible. Neymar jamás encarnó el tipo de heroísmo nacional que Messi y Cristiano terminaron representando en diferentes momentos y de diferentes maneras. Incluso dentro de su excepcionalidad, las luces terminaron por nublarlo, ofreciéndole el papel de celebridad cosmopolita antes que el de conductor sanguíneo de una causa colectiva. Un prolífico jugador de díscola personalidad que se fue a Arabia lejos de su vejez y volvió parece que a regañadientes al club que lo vió nacer, mandándolo casi al descenso. Para colmo de males a día de hoy nos preguntamos cuántos minutos va a poder sumar en la Copa del Mundo puesto que llega lesionado.
Sin embargo y si el todo es más que la suma de las partes, quizás la convocatoria de Neymar sea el mecanismo que desate relaciones insospechadas para volver a estos maltrechos brasileños un equipo. Su rol en el vestuario está por verse, aunque descreo de Neymar como héroe, no necesariamente de su capacidad para ordenar afectivamente un grupo. En medio de esa sensación de estrella apagada, el Húngaro nos propone un enroque de “rey muerto, rey puesto” en el que quien lleva la llama del genio disruptivo -como se han cansado de comparar con astros brasileños desde que era un púber- sería en esta narrativa Endrick. El joven parece haber encontrado su lugar en el mundo en Lyon, donde cuadró un buen semestre, y en el último amistoso demostró que de cara al arco está bastante más fino que su competencia Igor Thiago (Brentford, 24).
La asociación que propone Bozsik es la de un Neymar físicamente menguante, aunque todavía fantasista e iluminado en términos creativos, con la potencia del joven Endrick: velocidad y gol. Una aparente predestinación a la gloria en ambos. Yunque y martillo. Da a entender que Ancelotti toma en cuenta esto y lo hará jugar entonces a Neymar de mediocampista en ataque, en su forma de entender la formación brasileña como un “cuadrado” con juego interior y verticalidad. El problema es ante todo preguntarnos si Neymar podrá jugar y si su forma rácana de entender el fútbol se subordinará al sistema de Carletto. A priori el sistema iniciará con Paquetá haciendo de Neymar y resta saber en cuanto le ganará el puesto Endrick a Igor Thiago.
Es en este apartado que nuestro estimado magiar dedica un tiempo a analizar el sistema de Ancelotti considerando que este potencia los vínculos socio-afectivos entre jugadores. El repliegue es en 4-4-2 y el ataque permite al extremo según sus características ocupar la cancha por dentro o por banda. Así el movimiento de cada orquestador desata una cadena de relaciones con sus compañeros, citando brevemente (en el hilo el desarrollo) el movimiento de Paquetá hacia adentro desencadena una serie de compensaciones posicionales en Douglas Santos y Danilo, o el de Rayan en Roger Ibáñez.
Aquí mi mayor reparo está en los nombres de jugadores cuya reputación a nivel internacional descansa más en expectativas que en hechos, y que tampoco son una maravilla en sus clubes. El regista total de Ancelotti, Lucas Paquetá, tampoco parece ofrecer demasiadas garantías. Lleva años sin consolidarse como el relevo creativo que Brasil esperaba y hace tres meses fue anulado por Pitín Cardozo en una final continental. No pretendo echar por tierra la lógica de Bozsik, que tácticamente tiene sentido, y ciertamente no sé más que Ancelotti a la hora de hacer una convocatoria. Sí me parece que es un organizador que, cuando no está Neymar, no eleva el techo competitivo del equipo para ser campeón del mundo.
Entonces el Húngaro opta por considerar la cosmovisión futbolística de Ancelotti una que favorece a la idiosincrasia brasileña y la adaptación de los jugadores al compromiso mundialista. La derrota histórica del fútbol brasileño en construir un proyecto nacional con entrenadores autóctonos se subsana con un italiano que los entiende. El público se levantó a partir de la inclusión de Neymar y la orquesta mediática utilizada para comunicar teniendo la esperanza, que no se sostiene mucho en la cancha, de que pueden ser campeones del mundo. La gran apuesta de Ancelotti parece estar en una relación entre Vinicius y Raphinha que jugando ambos por el lado izquierdo puedan ser el desequilibrio permanente. En la última conferencia de prensa el DT discute con los periodistas que achacaban a esa sociedad por el mismo carril desconexión, diciendo que los había visto combinar bien. Sensaciones.
En relación a estas últimas ideas vemos un Brasil atípico también para lo habitual de los chicos grandes del fútbol de selecciones. Como un director técnico no es necesariamente un seleccionador, los países suelen optar por trabajo estructural desde formativas hasta la mayor teniendo como cabezas a hombres-sistema: Scaloni y De la Fuente son ejemplos de esto. Brasil es el extremo opuesto con un director técnico que es mucho más que el nivel de sus convocados y que espera los contagie a partir de fundamentos tácticos. Que el entrenador traccione a los jugadores es una posibilidad expuesta a la resistencia de los jugadores al sistema. Brasil tiene jugadores solidarios (Raphinha, Cunha, Casemiro) y otros no tanto (Vinicius, Neymar), resta ver como los combina en cancha.
De cualquier manera, sí le creo al húngaro cuando afirma ver algo que casi nadie es capaz de ver. Su lectura de la coyuntura de Brasil desafía los consensos y así se lo hicieron saber en Twitter, e incluso mi comentario de ella intenta rebatirla pero -puesto que es difícil aportar algo nuevo a la conversación- también darle luz. Considero que aporta riqueza a la manera de entender el fútbol, sobre todo el de selecciones, en el que producir héroes es condición necesaria para tocar el cielo con las manos. También reivindico la necesidad de traer a la mesa ideas de personas con las que podemos estar de acuerdo y poner algunos peros a su argumentación, como es mi caso con Bozsik.
En cualquier caso la pelota está del lado de Brasil y restará preguntarnos si puede Ancelotti realizar una hazaña monumental a la altura de su legado futbolístico. Lo esperamos, pero es imposible desde este lado no señalar la inviabilidad de un héroe que no desea ser tal. Brasil sigue necesitando héroes porque su cultura futbolística se construyó alrededor de ellos. Sin embargo, hoy lo más cercano que tiene a uno es Ancelotti, que es un conductor, pero no un héroe y con dolor hay que afirmar que no parece disponer de los caminos que antes los producían. El húngaro cree que Brasil puede ser campeón porque el Mundial es el reino de los héroes. Yo le contesto que los héroes a Brasil lo han dejado huérfano. Las causas de ello, las charlaremos otro día.
Hilo de Twitter: https://x.com/Jozsef_Bozsik/status/2063384299458502695

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