La Selección Argentina, vigente campeona del mundo, despierta debates partido a partido. Este texto nace como un intento de poner en palabras algunas ideas que fui observando en los partidos frente a Argelia y Austria porque ayudan a comprender ciertas dinámicas fundamentales de “La Scaloneta”. Me voy a centrar particularmente en el análisis del mediocampo porque lo que quiero demostrar es que cuando Argentina tiene la pelota conviven dos procesos de creación ofensiva, un equipo que juega con Messi y otro que juega sin Messi. Lo central de esta dinámica es que ambos funcionamientos crean una forma singular de ocupar los espacios para relacionarse con la pelota en una época dominada por el fútbol posicional.

Cuando Argentina gana, muchas de las dudas se disipan y reaparecen explicaciones cómodas. En ese marco dejan de importar las críticas previas a los amistosos llamados “falopa” o el cuestionamiento permanente a las decisiones de Scaloni. El futbolero entra en una lógica chauvinista que intenta reivindicar que nosotros jugamos al fútbol mientras los demás corren, pero paradójicamente esta afirmación no está hablando de fútbol. España, Francia e Inglaterra juegan de maneras distintas entre sí. También nos conviene desconfiar de las explicaciones que atribuyen todo a Messi. Obviamente su lugar en la historia grande es indiscutible pero vamos a tener que señalar una obviedad: en el fútbol la pelota no se mueve mágicamente de un lado al otro de la cancha. Para la nueva selección tenemos que hacer el ejercicio de revolucionar lo que entendemos del 10 a partir de lo que ya sabemos.

La singularidad tiene su origen en una manera diferente de entender el fútbol moderno, la cuál le permitió crear una dinastía que mientras escribo estas páginas amenaza con ser nuevamente el hecho maldito del presente. Es incómoda para el discurso tradicional una escuela que desafía el monopolio europeo y gana siendo irreducta a los modelos dominantes. Así, un bicampeonato del mundo haría conjurar en santa jauría a todas las potencias del viejo fútbol. España y Uruguay, Cristiano y Brasil, los extremos franceses y los gegenpressers alemanes. Paradójicamente, las innovaciones surgidas del fútbol de selecciones parecen recibir hoy menos atención que en otras épocas. Si la Naranja Mecánica fue capaz de crear una escuela, resulta difícil encontrar actualmente equipos que se asuman herederos de Scaloni que hace cinco años tiene el mundo de las selecciones rendido a sus pies.

Lo que realmente une a las selecciones y equipos de élite es una misma forma de organizar el juego porque todos conciben el fútbol a partir de una figura estable de pivote. Argentina, en cambio, parece haber encontrado una manera diferente de estructurarse. Jorge D'Alessandro en su monólogo para la historia acertó buena parte de su diagnóstico pero no predijo el futuro. Los tres mediocampistas de Argentina vuelan y el fútbol, por otro lado, no cambió. Guardiola sigue necesitando a Rodri para ordenar al Manchester City, hasta el punto de que su ausencia es lo que le termina costando títulos. Algo similar ocurre en el Arsenal de Arteta (Declan Rice) o en el Barcelona de Flick (Eric García). Por eso muchos análisis sobre Argentina resultan insuficientes, más si intentamos ordenar la forma de jugar a la selección a partir de premisas de lo que “debería ser”, pero son para equipos que se organizan de otra manera.

Si hacemos el esfuerzo, pueden encontrarse rastros parciales de funcionalismo en distintos equipos. El Paris Saint-Germain de Luis Enrique mostró por momentos movimientos relacionales entre mediocampistas que recuerdan a los mecanismos argentinos, Vitinha puede flotar por detrás de sus compañeros como jamás lo haría en la Portugal del posicionalista Roberto Martínez. Algo similar puede observarse en ciertos pasajes de Marruecos, donde los intercambios constantes entre los hombres del centro del campo rompen con la lógica más tradicional del pivote fijo. Bouaddi, El Aynaoui y Ounahi intentan trabajar una guerra de movimientos en la cancha bajo el liderazgo primero de Regragui y ahora con el liderazgo de Mohamed Ouahbi. En ellos aparecen fragmentos de una anomalía: la búsqueda de relaciones móviles entre los mediocampistas.

¿Qué podemos decir del mediocampo argentino? En primer lugar, que cuando la selección tiene la pelota conviven dos pizarras sobre la misma cancha. Allí radica una de las principales novedades introducidas por Scaloni. Entre el Mundial 2022 y la Copa América de 2024 se describió a Argentina como un 4-3-3, más recientemente algunos comenzaron a verla como un 4-4-2 a partir del rol de Almada porque es lo que llaman un “cuarto volante”, no un extremo. Sin embargo, ambas lecturas omiten la clave que es que ni Almada ni Messi actúan exclusivamente como atacantes. Cuando Argentina empieza sus secuencia ofensiva, ambos se integran a la circulación y ofrecen “jugar” con el entramado del mediocampo. La selección ya no juega con tres mediocampistas, ni siquiera con cuatro, durante largos pasajes juega con cinco. Entender cómo se producen esos movimientos es el primer paso para comprender las dos pizarras que conviven dentro del mismo equipo, gracias a la idea del funcionalismo.

El funcionalismo está arraigado en la esencia del fútbol argentino y encuentra su expresión más simple en una idea antiquísima: el toco y me voy. Ese movimiento doble de pasar la pelota y ofrecerse nuevamente como opción rompe con una concepción más rígida donde cada futbolista ocupa una zona determinada y espera allí la llegada de la acción, permitiendo quebrar bloques defensivos estáticos. Pero el fenómeno no es algo solamente táctico, el jugador que toca confía en que va a volver a recibir, conoce los recorridos de sus compañeros y sabe dónde encontrará nuevamente la pelota. Aparece una dimensión relacional que suele escapar a las pizarras: la coordinación nace tanto del entrenamiento como de la confianza mutua, recompensa al equipo la ejecución bien hecha y la nobleza del sacrificio por el compañero.

El fútbol argentino se concibe a partir del movimiento y es ostensible si miramos el acercamiento permanente de sus mediapuntas a la recepción. Cuando Messi y Almada abandonan la última línea y se integran al triángulo compuesto por Enzo Fernández, De Paul y Mac Allister, se forma un bloque de cinco contactos en pocos metros. El rival es atraído hacia esa zona y queda obligado a resolver situaciones en las que aparece el vértigo de los especialistas en cancha reducida. Muchos de los ataques argentinos atraviesan un momento de aparente embotellamiento en espacios de apenas diez o veinte metros. Pero es en ese caos de donde la selección suele encontrar la salida para generar los espacios, esto sí de una manera novedosa para lo establecido.

Que los jugadores se acerquen permanentemente a la pelota resulta contraintuitivo para buena parte del fútbol contemporáneo, acostumbrado a distribuir la cancha en zonas y que se jueguen “mini partidos” entre 1 o 2 hombres para doblegar la marca y torcer en ataque al rival. La respuesta más habitual frente a la presión y el embotellamiento consiste en abrir el juego hacia los costados y progresar a través de las bandas. Incluso equipos que comparten algunos rasgos del movimiento argentino, como Marruecos, terminan encontrando buena parte de sus ventajas en la amplitud que generan Hakimi, Brahim Díaz o El Khannouss. Pero Argentina suele elegir otro camino en el que los laterales no funcionan principalmente como mecanismos para ensanchar el campo, sino como apoyos integrados a la circulación central. Aparecen para conectar con los interiores, ofrecer líneas de pase y sostener la posesión. Argentina busca el vértigo en la verticalidad de los pases y en la velocidad con la que reorganiza la relación entre sus jugadores. No gana por potencia física, velocidad punta ni por acumulación de metros recorridos. Gana porque procesa más rápido la información que circula alrededor de la pelota. Es pura rapidez técnica para quebrar los monolitos rivales, porque poco puede hacer un pivote asignado como ancla contra cinco mediocampistas que avanzan en bloque.

El elemento profundamente incorporado por la selección desde el inicio del ciclo Scaloni es el movimiento constante de los jugadores. Cuando un argentino recibe la pelota sabe que las opciones de pase se mueven para alterar la lógica de marcas del rival y ofrecer nuevas líneas de circulación, pero que ante la presión la pelota tiende a gravitar hacia el centro de la cancha. Si el adversario se repliega, son incluso los centrales quienes aparecen para integrarse al circuito de pases y generar superioridad numérica. Argentina avanza por acumulación de relaciones entre jugadores. Las posiciones son, en esta maleabilidad, intercambiables:

Lisandro Martínez -el central con mejor pie- puede asumir momentáneamente funciones de pivote e iniciar la jugada, MacAllister ocupar el lugar de Enzo Fernández como interior y Enzo, liberarse para atacar como un delantero sorpresa. Cuando Messi baja al armado, De Paul puede abrirse y dejarlo jugar con MacAllister. Lo importante no es quién ocupa cada zona, sino que siempre exista alguien ocupándola. La vocación de fútbol relacional y asimétrico de Argentina desconcierta a las marcas, y todo esto depende de movimientos que suelen desarrollarse en dos tiempos, siempre apelando al engaño. Primero aparece una carrera destinada a atraer la marca y luego una segunda trayectoria rompe la referencia creada por ese mismo movimiento y habilita una nueva línea de pase. Combinado con la lógica del toco y me voy, el jugador que entrega la pelota reaparece inmediatamente en otro sector del campo, creando una nueva relación y un nuevo vector de circulación. Lo único previsible del movimiento de los mediocampistas argentinos es que va a ser imprevisible.

De esta manera Messi es el punto de partida y el punto de llegada entre las dos lógicas ofensivas de la selección. Por momentos participa activamente de la construcción y en otros observa la jugada desde cierta distancia, aparentemente desconectado, para engañar al rival. Messi espera porque sabe que el equipo siempre lo va a encontrar. Por eso resulta insuficiente describir a Argentina como dependiente de Messi, incluso aunque haya hecho los cinco goles convertidos por la selección en este mundial. Lo que existe es una relación simbiótica en la que los jugadores como ya vimos lo buscan para atraer marcas y generar espacios alrededor suyo, y otras veces lo evitan deliberadamente para que desaparezca del radar rival.

En el post Qatar pensamos que había que aceptar que teníamos que aprender a jugar sin Messi, luego de la Copa América creíamos haber encontrado un equipo que jugaba con Messi y otro que podía jugar sin él. Lo que estamos viendo desde que arrancó el mundial desafía la lógica misma de lo que creíamos posible: el equipo juega con Messi y juega sin él al mismo tiempo. Argentina crea ventajas a partir de una red de movimientos coordinados donde cada jugador conserva cierto grado de autonomía. Así funciona como un conjunto de engranajes capaces de reorganizarse constantemente con libre albedrío pero sin perder coherencia de grupo.

El gesto de Almada dejando pasar la pelota en el primer gol contra Austria resume buena parte de esta lógica. En una misma acción ocurren dos fenómenos simultáneos: los rivales pierden de vista a Messi, oculto a plena vista, mientras Almada y el resto de sus compañeros saben exactamente dónde encontrarlo. Allí convergen los dos principios que atraviesan a esta selección: el funcionalismo de los movimientos y la confianza construida entre quienes los ejecutan. Almada probablemente tenga más fé que certeza de que Messi va a estar ahí, sin embargo hay contacto. Por supuesto, todo esto requiere una figura como Messi de talento extraordinario y con la capacidad de conmover a futbolistas que han ido cambiando a lo largo de los años en integrantes de un equipo dispuestos a sostener una misma idea. Pero la explicación no se agota en él.

El primer gol frente a Argelia ofrece un buen ejemplo. En la base de la jugada aparecen sucesivamente De Paul, Mac Allister, Enzo Fernández y nuevamente De Paul, quien termina asistiendo. Más allá de la precisión del pase final, resulta llamativo que sea justamente él quien ocupe en distintos momentos funciones que normalmente asociamos al pivote porque es un futbolista que no entra en la discusión (a diferencia de MacAllister, Enzo y Paredes) sobre quién debe ser el “5” de la selección. La facilidad con la que los mediocampistas intercambian roles es una condición necesaria para el funcionamiento relacional de Argentina porque lo importante es que las funciones sean cumplidas cuando la jugada lo requiere.

Por supuesto que existen agoreros a los que les preocupa la poca marca de MacAllister, incluso probablemente un día perdamos por la incapacidad del jugador -pese a ser un talento colosal- de cerrar la zona 14 y evitar que le jueguen los armadores rivales a la espalda. Ya lo sufrimos un poco con Maza y Chaibi. Pero en un fútbol en el que tomar riesgos es castigado, tenemos que defender siempre una identidad que asume ese riesgo en pos de jugar a la pelota. Argentina desafía algunos consensos del fútbol contemporáneo no sólo porque preserva una identidad propia, sino porque intenta llevarla un paso más allá. En una época dominada por los carriles, la amplitud y los extremos velocistas, que el vértigo pase por la sobrepoblación del centro del campo otorga un nuevo mundo de posibilidades.

El vínculo entendido como movilización total se termina imponiendo a la estructura impersonal. Argentina empieza a mostrar matices de adaptabilidad al ocaso de la gambeta como recurso. Por eso el engaño ocupa un lugar central en su funcionamiento, incluso ocurriendo antes de que alguien reciba la pelota. Está en atraer a la marca, en cambiar la posición, en hacer creer que tenemos 25 de envido y aplastar con un 33 de mano. Y lo más importante, es un fenómeno colectivo y compartido por los 11 jugadores. Quizás por eso tantas explicaciones resultan insuficientes. Algunos observan el rendimiento de los futbolistas argentinos en sus clubes y se preguntan por qué crecen cuando se ponen la camiseta de la selección. Otros entienden la lógica colectiva, pero reducen el fenómeno a una maquinaria impersonal sobre la que descansa Messi. Ambas lecturas pasan por alto lo esencial, Messi no es un agregado externo al sistema sino que es causa y consecuencia de él.

Argentina gane, empate o pierda, es una melodía perfecta. Es una sinfonía en la que todo está en su lugar. Es la expresión más elevada del arte. Parafraseando a Goethe, pasa en la cancha de lo útil a lo bello a través de lo verdadero. La belleza aparece en una armonía capaz de eclipsar el conflicto y reconciliar dependencia y autonomía sin sacrificar ninguna de ellas. Argentina es orden y libertad, realización individual para el bien de la comunidad. Tal vez por eso me fascina y obsesiona tanto un equipo que consigue hacerme llorar cada vez que convierte un gol, e incluso mientras escribo estas palabras.